A pesar de que había escuchado hablar muchísimo sobre Ythar, el Reino de la Luz, Chiang nunca hubiese podido visualizarlo en su mente de aquella manera. Era cierto que la esencia de dicho lugar era precisamente la luminosidad; desde las altas murallas que flanqueaban los límites de aquellas tierras, pasando por sus numerosas y bellas construcciones, hasta llegar al imponente y majestuoso castillo que se levantaba al fondo del Reino. Parecía como si ni siquiera el más recóndito callejón albergara oscuridad ninguna, todo en aquel lugar irradiaba luz, y contagiaba a la vez que recibía con calor a quienes, como él, visitaban esas tierras por primera vez.
Chiang notaba como los nervios se habían apoderado por completo de su cuerpo pero también se sentía ansioso por llegar al palacio y comenzar con sus deberes como hechicero allí. La ceremonia de Inclinación había tenido lugar hacía una semana, y Chiang fue seleccionado para el lado de la luz sin ningún tipo de duda; en dicha ceremonia los hechiceros eran destinados a servir al Reino de la Luz o al Reino Oscuro dependiendo de varios factores, como el entrenamiento recibido a lo largo de sus vidas, o incluso el trasfondo de sus almas. Chiang fue llamado para su ceremonia trece años antes de lo normal –la edad elegida para saber a ciencia cierta el destino de los de su raza era 250 años– pero el Primer Hechicero había considerado que la orientación del joven ya estaba lo suficientemente pulida como para alargar más el momento. Lo cierto era que él siempre tuvo clara esa orientación; desde niño había sido entrenado para fomentar ese lado sobre el oscuro y nunca sintió atracción por ese último, ni siquiera cuando uno de sus amigos más cercanos comenzó a declinarse por servir a Lazarus, rey de Thyran, el Reino de la Oscuridad.
Bajó del carruaje acompañado por dos escoltas de Päthred, encargados de presentar a los nuevos hechiceros ante la reina o el rey del Reino elegido. El muchacho se apartó la capucha que le cubría el rostro y la hizo hacia atrás de modo que le cayó por los hombros, y alzó la vista hacia la gran construcción que tenía enfrente, igual de radiante que el mismísimo sol que iluminaba aquel lugar. Desde el primer momento que puso un pie en la entrada sintió un hormigueo en el estómago. No sólo era el comienzo de una nueva vida para él, sino que además iba a experimentar grandes cambios en varios aspectos de ella, y podía percibir que habría algo más allá del mero hecho de servir a aquel Reino. Algo que no tenía nada que ver con sus obligaciones. Como una respuesta a esa repentina sensación, la puerta principal del castillo se abrió y vio a una figura alta e imponente emerger de ella. Draven Castlehaven.
Al igual que sucedió con el Reino, Chiang tampoco había visto antes al rey de Ythar en persona, aunque le habían hablado mucho de él. Claro, que ninguno de aquellos comentarios le hacían justicia en absoluto. Observó a Draven mientras se acercaba hasta el lugar donde él y los escoltas se encontraban para darles la bienvenida, sin saber muy bien si el rey acostumbraba a hacer aquello con todos los nuevos hechiceros o si por el contrario había sido cosa del destino, después de todo, lo que sí sabía era que Draven era una persona muy ocupada y con muchos compromisos oficiales. Escudriñó su rostro elegante, los rasgos marcados, sus ojos que le dedicaban una mirada amable, y pese a que había escuchado hablar de lo temerario que era, a Chiang no le dio esa impresión ni por asomo. Había algo en aquella caída de ojos y en los labios que en ese momento humedecía, que le llamaron la atención de una manera que jamás había experimentado.
— Chiang Whitesoul, me atrevo a aventurar. Es todo un placer tenerte aquí.
La voz cálida y aterciopelada de Draven le sacó de sus pensamientos y dio un asentimiento agachando levemente la cabeza e inclinándose para dedicarle una reverencia, al fin y al cabo, ahora le debía lealtad a él. El rey ladeó una sonrisa sin apartar la mirada de Chiang y éste notó que el corazón le daba un vuelco, ¿acaso se estaba sintiendo atraído por él? Era parte de la monarquía, no podía permitirse eso, ese pensamiento no debía ni siquiera pasar por su mente. Apartó la vista con brusquedad cayendo en la cuenta de inmediato que no había sido un gesto del todo correcto apartar la mirada a un rey, aunque el aludido no pareció darle importancia ya que, en vez de reprocharle, le escuchó despedirse de los dos escoltas. Cuando estos se marcharon y se alejaron hasta el carruaje, Chiang volvió a mirar a Draven para comprobar que aún le estaba observando y conservaba aquella seductora sonrisa en su rostro. Si ese era su gesto habitual, tendría que esforzarse por no abalanzarse sobre él constantemente para besarle.
— Bueno, chico tímido... — Draven habló de nuevo y Chiang agradeció aquello, su voz era como un auténtico regalo para los oídos. — ¿Me permites que te muestre lo que será tu nuevo hogar? |