El sol se estaba poniendo ya en el horizonte haciendo que el cielo se tiñera de un color anaranjado, el cual le daba un toque cálido y menos imponente a la ciudad que se extendía frente al palacio de Ythar. Nikolai Wesker se encontraba en lo alto de una de las torres de dicho palacio con su mirada fija en aquel hermoso paisaje, sin ninguna otra compañía que la suave brisa que corría a tanta altura y que alborotaba sus cabellos rubios. Aquello era una de las pocas cosas que le gustaba hacer que tuvieran que ver con su vida
pasada, la de antes de convertirse en Oscuro. Recordaba que siendo niño, trepaba hasta el techo de la pequeña cabaña de su familia para contemplar el atardecer; el bonito contraste de azul y naranja que se dibujaba en el cielo, con el gran palacio del Reino al fondo de la ciudad, y recordaba también que a menudo se preguntaba cómo sería vivir allí entre riquezas, teniendo asegurado más de un mendrugo de pan todos los días para la cena. Era en ese momento cuando la voz de su madre, dulce pero a la vez severa, le sacaba de sus pensamientos regañándole para que bajase del techo antes de que se lastimara. Era un recuerdo lejano, como si se tratase de una vida ajena a la suya, algo que había encerrado tan a conciencia dentro de su alma que en ocasiones incluso a él mismo le costaba recordar pequeños detalles o situaciones. Se había privado de la mayoría de sus memorias de cuando era humano, porque aquello sólo le traía desdicha y tristeza, lo que conllevaba a que los demás sintieran lástima por él, y eso era algo que odiaba.
Nikolai dejó escapar un suspiro y se rascó la nuca mientras fruncía el ceño, un gesto bastante habitual en su rostro. Lo cierto era que desde palacio, todo era muy distinto a aquella vivencia de su infancia. El techo de su cabaña había sido reemplazado por las torres en las que se encontraba ahora mismo, y la única voz que escuchaba alguna vez para regañarle era la de Deacon, pero no porque fuera a lastimarse, sino porque al Rey no le agradaba esa costumbre suya de escalar las torres de su palacio. Flexionó las rodillas rodeándolas con sus brazos y apoyó la barbilla en ellos, con la vista fija en como el sol iba desapareciendo lentamente de la vista. A pesar de que aún le gustase contemplar aquella bonita visión, se sentía algo extraño el hecho de hacerlo desde el otro lado. Pensó que era una pequeña broma del destino el encontrarse allí cuando de niño había fantaseado tantas veces con vivir en el palacio, y también pensó que tal vez debería sentirse halagado, pero no lo hacía. Sobre todo por el precio que había tenido que pagar.
Cerró los ojos con fuerza tratando de evadir ese recuerdo en concreto y se maldijo para sus adentros por haberlo traído a su mente. No sabía el motivo exacto pero últimamente tenía debates internos sobre muchas cosas, algo que no solía hacer meses atrás, antes de que Solara llegase al Reino.
Solara.La simple mención de su nombre hacía que Nikolai sintiera un hormigueo en el estómago que sólo había experimentado con una persona a lo largo de toda su vida, la persona de quien estaba enamorado y a la que había entregado su corazón: Jillian Silverdale, Reina de Ythar. ¿Sería que también estaba sintiendo algo por Solara? Al principio, habría pensado que ese pensamiento era una estupidez; lo único que podría sentir por aquella chiquilla que conoció porque cayó en sus brazos en medio del bosque era dolor de cabeza, y habría estado seguro de que su cuerpo reaccionaba con aquel cosquilleo ante el suplicio de tener que hacerse cargo de ella durante horas. Pero a día de hoy, ya no estaba tan convencido de que aquello le molestara, o si por el contrario, disfrutaba con ello. Como si fuese una respuesta a ese planteamiento, escuchó la risa de la chica acompañada de una voz masculina, que reconoció a la perfección. Nikolai abrió los ojos, bajando la vista hacia la entrada del palacio, para encontrar a Solara y Donovan que llegaban cogidos de la mano y con la misma sonrisa reflejada en sus jóvenes rostros. El chico sintió una leve punzada en el pecho, semejante a la que sentía cada vez que Jillian se quedaba a solas con Draven, y entonces comprendió que después de todo, tal vez la Reina no fuese la única persona que ocupaba su corazón. Permaneció observándoles hasta que Donovan tiró de ella, escondiéndose tras uno de los muros del castillo fuera de su campo de visión, pero podía escuchar como sus labios se juntaban no una, sino varias veces, y con cada beso sentía como deseaba ser él quien estuviera en la piel del Guardián en ese momento.
— ¿Quieres dejar tu complejo de halcón pensativo y hacer el favor de bajar de ahí?
Nikolai desvió la mirada lentamente hacia el ventanal desde el que provenía aquella malhumorada voz, encontrándose con los furiosos ojos verdes que le observaban de manera fulminante, y por primera vez, agradeció que Deacon le obligara a marcharse de aquel lugar.
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