Jem supo que probablemente se habría desmayado de nuevo cuando al volver a abrir los ojos vio que estaba tumbado sobre la cama. Giró despacio la cabeza y encontró a Will sacando algo de yin fen de la caja y quiso incorporarse un poco para facilitarle el trabajo a su amigo, pero le fue imposible. Dejó reposar la cabeza de nuevo en la almohada soltando un leve suspiro y concentró la vista en el techo, en un intento de ignorar aquella incómoda sensación de que la habitación daba vueltas alrededor suyo. Se sentía exhausto, como después de alguna de las tantas veces que combatía demonios con Will, solo que en esta ocasión ni siquiera había salido del Instituto. Le dolían los músculos, notaba las gotas de sudor frío resbalando por su piel en contraste con el incesante ardor de esta, y un dolor agudo le oprimía el pecho dificultando su respiración.
Sin embargo, Jem estaba acostumbrado a lidiar con eso, así que se limitó a cerrar los ojos tratando de relajar su respiración. Parecía que finalmente no era una de sus peores noches (como había temido en un principio), aquellas en las que sentía como si algo le quemara por dentro y no en el sentido metafórico sino literal, un gran fuego que le abrasaba los órganos y le ocasionaba un dolor tan enorme que le hacía perder el conocimiento hasta el punto de no recordar nada cuando despertaba, normalmente, a la mañana siguiente. Por suerte y para su alivio, Su parabatai siempre estaba ahí cada vez que eso sucedía. Will, quien pasaba innumerables horas a su lado asegurandose de que estaba bien mientras él dormía, que soportaba sus peores días, sus gritos, sus lamentos en otro idioma, quien compraba con su propio dinero la droga que le mantenía vivo y le mataba lentamente a partes iguales. Jem era consciente de que si no hubiese sido por él probablemente ya habría muerto hace mucho.
En ese momento notó que Will se acercaba y sostenía con cuidado su cabeza para ayudarle con el yin fen, así que poniendo de su parte la inclinó un poco hacia delante para finalmente tomar la medicina. Se recostó de nuevo e inspiró hondo, el efecto del yin fen siempre era el mismo: primero un intenso picor que le bajaba por la tráquea e inundaba sus pulmones, luego el alivio lento pero eficaz que iba sintiendo en cada uno de sus músculos y articulaciones, y finalmente el agonizante ardor desaparecía por completo de su cuerpo, volviendo a su temperatura normal. Abrió los ojos parpadeando varias veces para enfocar la visión y encontró la atenta mirada de Will clavada en él, aunque esta vez había algo en sus ojos azules que iba más allá de la simple preocupación.
– Espero que esto te sirva de escarmiento. – Bromeó Jem tratando de soltar una risita pero lo único que consiguió emitir fue una débil tos. Miró de nuevo a su amigo, quien a juzgar por el gesto de su rostro el comentario no parecía haberle hecho mucha gracia, y seguidamente le habló en su habitual tono calmado – La próxima vez vuelve un poco antes, Will. Estábamos muy preocupados.
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