A pesar de que sabía que Jem había hecho el primer comentario en tono de broma, Will no pudo evitar sentir un nudo en el estómago al escuchar esas palabras. Siguió con la mirada puesta en él durante un momento, inmóvil y en silencio, observando como un ligero color había vuelto a las mejillas y labios de su parabatai, y también que su respiración volvía a ser estable. El estado inicial de preocupación que había sentido al llegar al cuarto se veía ahora reemplazado por enfado y remordimiento, lo que hizo que Will apartara la mirada de su amigo bruscamente. Agachó la cabeza y concentró la vista en sus puños que estaban apoyados firmemente en sus rodillas, y los cuales había cerrado apretándolos con fuerza por la rabia que sentía. Por como se odiaba a sí mismo en aquel momento.
— No pretendía que sucediese esto... Lo menos que quiero es hacerte daño y mira cómo has acabado por mi comportamiento...
El chico no supo muy bien si aquello había sonado a disculpa o como una reprimenda a sí mismo, pero la última frase salió de sus labios en tono despectivo, consciente de que él y no otra persona era el responsable directo del estado de Jem aquella noche. No podía echarle la culpa a ninguna batalla contra algún demonio o achacarlo a que era uno de esos peores días de la enfermedad que sucedían de cuando en cuando. Era única y exclusivamente cosa suya, y ese hecho lo hacía aún más doloroso.
Entonces cayó en la cuenta de un detalle en el cual no había reparado antes. No sólo estaba siendo egoísta por permitirse el acercarse a Jem y tratarle de manera diferente al resto, exponiéndole a las consecuencias de su maldición, sino que hoy también había conseguido que le diera una crisis debido a su estúpido comportamiento. Se preguntó si el incidente de esa noche era alguna especie de señal para advertirle que estaba consumiendo aún más la vida que le quedaba a su parabatai, si debía apartarse de él por su bien. Pero ¿cómo iba a hacer eso? Jem era lo más preciado que tenía, lo único que le había mantenido con vida durante el calvario que había pasado los últimos cinco años. ¿Cómo iba a seguir adelante sin él? Contuvo un suspiro apretando los labios y cerró los ojos con fuerza en un intento de disipar ese pensamiento de su mente. Quizá todo resultaría más sencillo si Jem estuviera enfadado con él en lugar de tener que apartarle sin motivo alguno como a los demás. Sintiendo que el corazón le bombeaba con más rápidez contra el pecho, deseó que fuera así, que Jem se hubiera hartado definitivamente de sus salidas nocturnas y de su (fingido) carácter despreocupado e inmaduro. Al fin y al cabo, era lo que se había ganado a pulso. Lo deseó con tantas fuerzas que incluso ignoró el último comentario de su amigo. Aquella noche más que nunca no merecía que nadie se preocupara por él.
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