Marbas pemaneció con la vista fija en el muchacho cavilando lo que había dicho y no se movió del sitio a pesar de que el joven nefilim se había acercado a él considerablemente, movido por el empeño que había puesto a la hora de relatar su historia. Se fijó en como el brujo se colocaba junto a él y le acariciaba en el hombro, en parte para tranquilizarle y en parte a modo de advertencia para que no se siguiera acercando más. Marbas les miró a ambos alzando la barbilla y dedicándoles una sonrisa de suficiencia; desde luego no había esperado una sorpresa tan grata cuando llegó a aquel viaducto. Tal vez no iba a obtener una recompensa física al final de la noche, pero teniendo precisamente a aquel chico enfrente suyo podía intuir que la satisfacción sería exactamente la misma.
— Eres el hijo de Edmund Herondale. — Espetó en el mismo tono de desprecio que había utilizado cuando le llamó "nefilim". — Pasé veinte años encerrado en la oscuridad de esa maldita caja. Por supuesto que lo recuerdo, mocoso, es algo que no se olvida fácilmente. Y sí, también recuerdo a tu hermana, tan valiente tratando de hacerme frente con un cuchillo que ni siquiera sabía empuñar. Me halaga que hayas venido a recordar ese entrañable momento.
Marbas pronunció la sonrisa al comprobar que sus palabras habían tensado al muchacho, quien parecía a punto de saltarle al cuello, y levantó la vista hacia el brujo observándole desafiante.
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