1927. Chicago
Y ahora éramos jodidamente ricos, después de traficar ilegalmente con alcohol por La Ley Seca que había implantado la ley, había decidido divertirme un tiempo junto a mis nuevos
amigos. Había ayudado a Al Capone a que su fortuna aumentara a cien millones de dólares. Lo hacía por la diversión, obviamente a mi el dinero ni me hacía falta ni lo necesitaba, cosa que siempre extrañó a Capone.
Nos encontrabamos en un almacén, me había reunido junto a sus secuaces, Capone les había dejado claro que se pusieran en mi órden si necesitaba cualquier cosa, cualquier cosa por supuesto que no molestara al pez gordo, estaba claro, ilusos.
- Wesker, trajimos lo que nos pidió.. pero aún seguimos sin enten- dijo parando secamente al ver que le miraba con cara de pocos amigos.
- No tienes por qué entender nada, simplemente obedéceme, para eso estás.- interrumpí haciéndome hacía delante, apoyando los codos de ambos brazos en la mesa y mirándole seriamente alcé las cejas.- No te pagan por pensar,
cerebrito.
Noté que se tensaba, apretó los puños y frunció el ceño, sorprendido, me hice hacía atras, tocándome la barbilla con la mano y mirándole con gesto divertido. Humanos.
- No somos tus esclavos, Wesker.- volvió a añadir.
Vaya, vaya.
- No, no lo sois, a vosotros se les paga por lo cual sois más que eso.- comenté forzando una sonrisa.- Y aho..
No llegué a terminar de hablar ya que el hijo de puta levantó su arma y me disparó en el pecho, me quedé mirando la mesa fijamente, y cuando levanté la cabeza me disparó en la frente, dos veces. Caí hacía atrás analizando lo que el pequeño desafortunado bastardo había hecho, y sentí, por primera vez en muchísimos años, una ira incontrolable, superior a mis fuerzas, superior a mi poder de control.
Enfado, rabia, descontrol, sentía todo eso dentro de mi, se me tensaban los músculos y, mientras expulsaba las balas de mi cuerpo, maldito gilipollas, si ibas a pensar en desacerte de mi, un vampiro, de tres estúpidos balazos.. reí, y noté como el cabrón se asomaba extrañado detrás de la mesa y no se encontró nada, nada, ya que yo me encontraba ya detrás de él. Sentí balazos, de sus compañeros a mi espalda, pero no consiguieron nada, saliéndome cantidades importantes de la boca retorcí al cuello al que me había
matado, pero no sólo eso, si no que arrancándole la cabeza se la tiré a otro de los secuaces que estaban disparando, corrí poniéndome detrás suya y clavándole los dientes en el cuello le arranqué la yugular mientras le metía la mano por la espalda y le arrancaba el corazón.
Quedaban ocho más. Rapidamente le golpeé a uno en la cabeza, tirándolo hacía atrás y derribando también a otro compañero, le metí la mano por la barriga y, arrancando todos los intestinos giré hacía el que había tirado y se los metí en la boca mientras le retorcía el cuello. Seis.
Cogí la navaja que siempre guardaba en mi pantalón y la lancé con fuerza clavándoselo a otro en la yugular, después de eso le di una patada a uno que venía hacía mi y cogiendo toda la fuerza que pude le arranqué los brazos y le arranqué, de una mordida, la barbilla. Me limité a rematarlo hundiéndole los ojos con los dedos y pateando su nuez.
Los que quedaban intentaron huir pero me adelanté poniéndome en la entrada, no notaba lo que hacía, la ira me cegaba, era como si una mano demoniaca me controlara, y me gusta, me gusta mucho.
Yacían todos finalmente en el suelo, y yo aún sediento de sangre me miré las manos, estaba repleto del líquido que tanto me gustaba, de arriba a abajo, era difícil hasta reconocer mi aspecto, sonreí mirando el estropicio que había hecho, agradeciendo al gilipollas que me disparó que lo hubiera hecho y me dirigí al Parque que estaba al lado del almacén a por más.
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