— Así que esta es la casa de la loca del pueblo. — comenté en tono de burla dirigiéndome a la chica a la que había seguido sin que ella se diese cuenta y que ahora me echaba una mirada recelosa desde el porche, deteniéndose en el marco de la puerta. — Es lo que dice todo el mundo por aquí, que estás de la olla. No es algo que me haya inventado yo, guapa.
La chica permaneció en silencio poniendo cara de cordero degollado y examinándome con curiosidad, estaba seguro de que intentaba ubicarme entre alguno de los chicos que se burlaban de ella en la plaza. Había estado allí hace un rato, mezclándome con la gente. Después de haberme pasado toda la noche (y toda la mañana) follando con aquellas tres guarrillas que había conocido a mi llegada al pueblo, necesitaba tomar un poco el aire. Al parecer, esta chica en cuestión se llamaba Charlotte Wood; una preciosidad de cabello oscuro y ojos verdes, menuda de apariencia y piel blanca como la nieve. Vivía en la casa que tenía enfrente ahora mismo, propiedad de una señora que la había cuidado desde niña, al fallecer sus padres. No me había quedado muy claro el por qué, pero Charlotte resultaba ser el blanco de las burlas de un gran número de gente que vivía en este pueblo.
Todos coincidían en que estaba loca, pero existían muchas versiones para explicar esa locura suya. Algunos decían que el trauma había sido demasiado fuerte y no lo pudo soportar, otros contaban que Charlotte estaba segura de que a sus padres los había matado un monstruo de la noche, y había quienes incluso afirmaban que estaba tan loca que por la noche iba al cementerio a hablar con las tumbas de su familia. No tenía ni idea de cuál de ellas era la verdadera versión, ni siquiera sabía si alguna lo sería realmente, pero me la sudaba. Lo importante era que este asunto se convertiría en una buena distracción para el día de hoy, y quizá para la semana entera que tenía pensado quedarme en este sitio.
— ¿P-por qué haces esto? No... te conozco de nada... — murmuró Charlotte finalmente en un intento de plantarme cara, pero la pobre parpadeaba tanto por los nervios que no sentí otra cosa que lástima por lo que acababa de decir. Me quedé observándola mientras fruncía los labios, aparentando estar cavilando su pregunta en mi cabeza, y al cabo de un rato me encogí de hombros dejando escapar un bufido.
— No lo sé. Es divertido. — respondí con total tranquilidad sin añadir nada más y sonreí levemente, subiendo los escalones del porche para detenerme a una distancia prudencial de ella. No quería asustarla y que se marchara tan pronto. Para mi sorpresa, Charlotte no parecía estar tan molesta como debería por mi comentario. Supuse que aquello se debía a que estaría acostumbrada a esta clase de burlas por parte de los catetos de la plaza, o a que realmente estaba tan chiflada que se la traía floja.
— No, escucha, no lo es. — dijo de repente en un tono más alto que el anterior, sorprendiéndome de hecho, y la miré con interés lamiéndome el labio inferior. Ví como dudaba en seguir hablando mientras apretaba los labios y pasaba su mirada desde mí hacia el piso, de nuevo a mí, otra vez al piso, hasta acabar en el horizonte. Noté algo de frustración en su rostro cuando volvió a mirarme con aquellos ojos asustados pero decididos; como esa gente que esconde algo y se muere por gritarlo, pero que no lo hacen por miedo a cómo se lo tomarán los demás — En serio, ¡no estoy loca!
— No, por supuesto que no. — respondí casi de inmediato y ladeé la cabeza asintiendo despacio, sin dejar de mirarla — ¿Confiesa acaso un asesino su crimen? ¿O un ladrón su gran golpe? No, cariño, no lo hacen. — chasqueé la lengua y bajé la vista al piso mientras continuaba hablando — Una de las cosas con más peso que he aprendido en la vida es que ningún pecador admitirá sus pecados. Ni un loco admitirá nunca su locura.
Alcé la vista hacia ella pronunciando la sonrisa después de aquella última frase y pude notar como le temblaba ligeramente el labio inferior antes de que desapareciera de mi vista dando un portazo. Me quedé unos minutos sin moverme del sitio por si volvía a salir, e incluso llegué a desviar la mirada hacia las ventanas del piso de arriba esperando que se asomara entre las cortinas. Pero no lo hizo. En vez de eso pude distinguir un pequeño sollozo que obviamente sólo logré escuchar gracias a mis cualidades vampíricas. Suspiré para mis adentros y sacudí la cabeza dando media vuelta y bajé los escalones del porche, alejándome de la casa.
Pobre niña loca.
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